XX Revista de Biología Tropical, ISSN: 2215-2075 Vol. 70: XX-XXXI, January-December 2022 (Publicado Jul. 28, 2022)
Ricardo Soto Soto (1948-2021): pionero singular en la ecología de
ecosistemas terrestres y marinos de Costa Rica. In memoriam
Gerardo Avalos1, 2* & Jaime E. García González3
1. Escuela de Biología, Universidad de Costa Rica, 11501-2060 San Pedro, San José, Costa Rica,
gerardo.avalos@ucr.ac.cr (*correspondencia)
2. The School for Field Studies, Center for Sustainable Development Studies, 100 Cummings Center, Suite 534G,
Beverly, MA 01915, USA.
3. biodiversidadcr@gmail.com
Este artículo representa un esfuerzo imper-
fecto para generar un esbozo biográfico de
Ricardo Soto Soto, uno de los primeros biólo-
gos en analizar la ecología de los manglares de
Costa Rica, y que amplió sus intereses a eco-
sistemas terrestres y marinos. De esta manera,
presentamos una interpretación del desarrollo
de una singular carrera en las ciencias biológi-
cas de este país.
Primeros años y estudios
Ricardo Soto Soto nació a las 9 a. m. del
domingo 13 de junio de 1948, en el pueblo
rural de Cuipilapa (palabra náhuatl que signi-
fica “río de varios colores”), en el cantón de
Bagaces, en las tierras guanacastecas otrora del
cacique Bagatzi. Fueron sus padres Ana Rosa
Soto Montero y Ricardo Conejo Conejo, y sus
tres hermanos María Lidia, Óscar y Sonia. Se
casó en 1971 con María del Carmen Umaña
Morales, con quién tuvo a Ricardo y a Karina.
En 1979 contrajo nupcias con Grettel Cordero
Ulate, con quien procreó a Manuel José y a
Lilly Carolina.
Ricardo cursó sus estudios primarios en
la Escuela de Arenal de Tilarán y los concluyó
en 1962. Su maestro de primaria, don Eufrasio
Ruiz, recuerda que desde muy temprana edad
Ricardo sobresalía por ser un estudiante muy
esforzado y demostraba un gran interés por la
naturaleza. Completó los primeros cuatro años
de su educación secundaria en el Liceo de San
Carlos. Posteriormente su familia se trasladó
a vivir a Sabanilla de Montes de Oca, donde
terminó su último año de secundaria en el
Liceo de Costa Rica Nocturno en 1967, ya que
durante el día laboraba en la Librería Trejos
La experiencia de campo y la aplicación de métodos
innovadores en ecología marina y terrestre fue parte del
legado de Ricardo Soto.
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para apoyar a su familia. En 1968 obtuvo el
diploma de Técnico en Industrias Lácteas de la
Universidad de Chile.
Ricardo ingresa a estudiar en la Escuela
de Biología en la Universidad de Costa Rica
(UCR) en 1969 donde fue asistente de los
cursos de Historia Natural y Sistemática de
Gramíneas. Además, en 1975, fue Instructor
de los cursos de Ecología General y Botánica
General, así como profesor del curso de Histo-
ria Natural de Costa Rica en la Sede Regional
de la UCR en San Ramón, Alajuela. Obtiene
el grado de Bachiller en Biología en el área de
Botánica en 1976.
Su participación en la academia e
investigación universitaria
Como funcionario de la Escuela de Bio-
logía, Ricardo fue profesor de los cursos de
Historia Natural, Ficología, Ecología General,
Ecología de Manglares, y Biología de Vege-
tación de Bosques Secos en las décadas de los
80s y 90s. También fue coordinador del curso
de Ecología de Poblaciones para estudiantes
Ricardo Soto (izquierda), durante una gira de campo del
curso de Historia Natural, en compañía del profesor Sergio
Salas y otros estudiantes de la Escuela de Biología de
la UCR. Fotografía de Jorge Gómez Laurito, cortesía de
Luko Hilje.
Durante su paso como estudiante y asis-
tente del curso de Historia Natural, Ricardo
tuvo como mentor al profesor Sergio Salas
Durán, de grata memoria (Hilje, 2018), al cual
consideró como su “maestro y amigo, cuyos
conocimientos y amistad inspiraron a varias
generaciones de biólogos costarricenses en
sus primeros pasos en la biología. (J. García,
comunicación personal, 2017). Recomendamos
el artículo de Luko Hilje (Hilje, 2018) sobre la
vida de Sergio Salas, un biólogo pionero cuya
carrera no debe pasar desapercibida.
Ricardo Soto en su etapa de guía en la observación de
aves. Parque Nacional Volcán Poás. Fotografía cortesía de
Mitzi Campos.
latinoamericanos, patrocinado por la Organi-
zación para Estudios Tropicales (OET), insti-
tución con la que colaboró regularmente como
instructor y profesor invitado, así como en la
UCR y el Consejo Nacional para Investiga-
ciones Científicas y Tecnológicas (Conicit).
Además, fungió como coordinador ocasional
de los seminarios del Sistema de Estudios de
Posgrado (SEP) de la Escuela de Biología.
En el Herbario Nacional de Costa Rica,
Ricardo fue curador de plantas marinas de 1979
a 1987. Este herbario mantiene 2 596 especí-
menes recolectados por Ricardo (J. Sánchez,
comunicación personal, 2022). Por otra parte,
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en el Herbario USJ “Luis Fournier Origgi”, de
la Escuela de Biología, UCR, se conservan más
de 2 000 ejemplares recolectados por Ricardo
(M. Blanco, comunicación personal, 2022).
Posteriormente, decidió realizar sus estu-
dios de maestría en ciencias marinas en el
Recinto de Mayagüez de la Universidad de
Puerto Rico (RUM, 1976-1978), los cuales cul-
minó con la presentación de su tesis “Fenología
de Spyridia filamentosa (Wulfen) Harvey en
Cayo Enrique La Parguera, Puerto Rico.” Adi-
cionalmente, realizó los cursos de doctorado en
ese mismo departamento, y regresó al país con
la intención de completar su tesis de doctora-
do, la cual, por razones desconocidas, nunca
finalizó. De agosto a setiembre de 1978, rea-
lizó el curso Diseño de Muestreo en Biología
Marina en la Universidad Nacional Autónoma
de México. En 1982 consiguió una beca para
asistir a la Universidad de Delaware (EE. UU.),
donde participó en un curso de entrenamiento
de métodos de monitoreo por sensores remotos.
En 1984 obtuvo la Beca Noriega Morales
de Investigación, otorgada por la Organización
de Estados Americanos (OEA), para trabajar
en taxonomía y ecología de algas marinas con
el Dr. David Ballantine, en el Departamento de
Ciencias Marinas de la Universidad de Puerto
Rico. Ese mismo año consiguió otra beca para
realizar una investigación sobre taxonomía y
ecología de algas con el Dr. James Norris, en el
Instituto Smithsonian en Washington DC.
En 1991 Ricardo viajó a Alemania con
una beca del Servicio Alemán de Intercam-
bio Académico (DAAD), para realizar una
investigación en fisiología de manglares en el
Instituto de Ciencias del Mar de la Universidad
de Hamburgo. Al año siguiente participó en un
taller sobre Evaluaciones Ecológicas Rápidas
en la Ciudad de Guatemala. En 1993 asistió a
un taller sobre Capacidad de Carga y Ecoturis-
mo, en Washington, DC.
Durante el periodo 1990-1992 fue coordi-
nador del proyecto Sondeo Ecológico Rápido
de la Península de Osa. Dicho proyecto fue una
fuente de trabajo para profesores de la Escuela
de Biología, así como para estudiantes y asis-
tentes de campo que se familiarizaron con la
maravillosa diversidad de la Península de Osa
al hacer sus primeras armas en las ciencias
biológicas. El proyecto en ese momento tuvo
como base de operaciones el Centro Boscosa
en Rincón de Osa, y tuvo como colaboradores a
Gilbert Barrantes y a Ana Pereira (ornitólogos),
a Isidro y Abelardo Chacón (especialistas en
Lepidoptera), y al botánico Gerardo Cordero,
famoso por su amplio conocimiento botánico,
así como por su habilidad para escalar árboles.
El sondeo ecológico rápido integró a futuros
biólogos, que en ese momento eran estudiantes,
como Carlos Morales, Édgar Quirós, Maritza
Guerrero y Gerardo Avalos. Este proyecto
aglutinó a organizaciones como el Instituto
Nacional de Biodiversidad (INBio), la Funda-
ción Neotrópica, el Centro Boscosa y la UCR.
Ricardo trabajó como Profesor Visitante
en el extranjero en la Universidad Central de
Ecuador (1989, en Ecología de Poblaciones); la
Fundación Jatum Sacha (1991-1992, en Ecolo-
gía de Poblaciones); así como en la Universidad
de Ulm, Alemania (1991, en Ecología Tropical
y Manglares) y en la Universidad de Bergen,
Noruega (1994, en Ecología de Manglares).
Como investigador de planta del Centro de
Investigación en Ciencias del Mar y Limnolo-
gía (Cimar) de la UCR, Ricardo participó en
muchos proyectos, entre ellos: “Bahías conta-
minadas del Caribe”; “Inventario y evaluación
Ricardo Soto con su hijo Ricardo en los cerros calizos
del Parque Nacional Palo Verde. Fotografía cortesía de
Vanessa Nielsen.
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de la biodiversidad en los ambientes marinos
y dulceacuícolas de Costa Rica”; “Aplica-
ción de técnicas de procesamiento de imáge-
nes de satélite para estudios oceanográficos”;
“Efectos ecológicos a largo plazo del terre-
moto de Limón y análisis retrospectivo de las
comunidades arrecifales del Caribe de Costa
Rica”; “Evaluación del impacto ecológico del
levantamiento de la zona costera resultado
del terremoto en Limón”; “Estudio de los
arrecifes coralinos del refugio de vida silvestre
Gandoca-Manzanillo, Limón y el efecto de per-
turbaciones antropogénicas”; “Levantamiento
ecológico de las comunidades de fanerógamas
marinas de Costa Rica”; y “Biomasa y produc-
ción de hojarasca en un bosque de Avicennia
germinans en salinas, Puntarenas, Costa Rica”
(Sigpro, 2022).
En su actividad como investigador, Ricar-
do mostró una acuciosa curiosidad, al explorar
una amplia variedad de temas, tanto marinos
como terrestres; además, colaboró con investi-
gadores nacionales y extranjeros, así como con
universidades nacionales y organizaciones no
gubernamentales. Lamentablemente, sus múlti-
ples actividades no se reflejaron en el número
de publicaciones, ya que comparativamente a
los tópicos que exploró, Ricardo publicó poco.
Si bien sus contribuciones fueron limitadas en
cuanto a número, hay que considerar que en su
campo Ricardo exploró tópicos completamente
inexplorados para la época, como la relación
entre la concentración de nutrientes y la distri-
bución de especies de manglares riverinos.
Gauld et al. (2002) dedicaron a Ricardo
Soto la especie de avispa de la familia Ich-
neumonidae, Meniscomorpha sotoi Ugalde &
Gauld, en reconocimiento por sus contribu-
ciones al estudio de la biodiversidad y como
miembro fundador del Instituto Nacional de
Biodiversidad (INBio).
Como consultor
Su labor como consultor la efectuó con
organizaciones públicas y privadas. Trabajó
para la Fundación Neotrópica (1989-1994),
Ricardo Soto con un grupo de estudiantes en el Parque Nacional Corcovado. Fotografía cortesía de Vanessa Nielsen.
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principalmente como coordinador del Sondeo
Ecológico Rápido de la Península de Osa, y
en el programa de monitoreo ambiental en esa
región. De igual manera, sirvió como consul-
tor en botánica y ecología para las compañías
Depat y Ecotec, principalmente en estudios de
impacto ambiental en la zona costera. También
realizó consultorías en estudios de impacto
ambiental relacionados con la construcción de
represas hidroeléctricas; una para la Compañía
Nacional de Fuerza y Luz (CNFL), y cuatro
para compañías privadas. Con la Fundación de
la Universidad de Costa Rica para la Investiga-
ción (Fundevi) ejecutó consultorías sobre pla-
nes de manejo para varios parques nacionales
de Costa Rica. Además, por más de una década,
laboró como guía turístico en ambientes terres-
tres y marinos, desde el Golfo de California y
Centroamérica hasta la Isla del Coco.
Su paso por el Programa de Estudios
Ambientales de la UCR (ProAmbi) no estuvo
lejos de la polémica. ProAmbi fue un programa
de venta de servicios sumamente innovador, y
posiblemente adelantado para su época, que se
convirtió en una fuente de empleo para profe-
sores de la Escuela de Biología, así como para
la UCR en general, además de generar recursos
para tesis de grado y posgrado. Lamentable-
mente el éxito de ProAmbi generó suspicacias
y el programa fue sometido a una auditoría,
luego de la cual se comprobó que nunca hubo
desvío de fondos en los años en que funcionó el
programa. Lamentablemente el amargo proceso
de auditoría llevó a la renuncia del coordinador
Jorge Campos y dejó recuerdos desagradables
en Ricardo. Posiblemente Ricardo inicia su ale-
jamiento de la UCR en esta época, decepciona-
do por este proceso. (J. Cortés, comunicación
personal, 2022)
Sociedades y organizaciones
Ricardo Soto fue miembro de la Internatio-
nal Phycological Society, así como de la Socie-
dad Latinoamericana de Ficología; además,
fue miembro fundador del Consejo Científico
del Centro de Ciencias del Mar y Limnología
(Cimar) de la Universidad de Costa Rica, y del
Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio).
Intereses particulares
Ricardo también se interesó en las mate-
máticas, debido a las posibilidades de aplicar
la teoría del caos a problemas de ecología,
así como en las ciencias económicas, por la
relación entre estas áreas del conocimiento.
Adicionalmente, fue observador de aves por
más de dos décadas.
Como profesor, consultor, amigo,
y ser humano
De acuerdo con Helena Molina, estudiante
y colega de la Escuela de Biología de la UCR,
a Ricardo:
“… le gustaba mucho filosofar en voz alta,
aunque a veces para sí mismo, acerca
de la ciencia en todas sus dimensiones:
el quehacer científico, los conocimientos
generados por el método científico, el uso
de esos conocimientos. Aunque la Ecolo-
gía era su campo de interés, él buscaba
comprenderla mejor desde la perspectiva
de la Historia Natural. Supongo que por
eso le apodaban “El Maestro”, … Me
encantaron las giras del curso, por esa y
mil razones más.
Tenía un gran sentido del humor, y recuer-
do sus risas y carcajadas. Era goloso y
antojado de todo tipo de comidas. En una
gira a Limón, posiblemente alrededor de
1985, nos llevó al lugar donde se hacían
los mejores “patís” y “plantintás” del
mundo, en sus propias palabras, pues eran
horneados y no fritos. Nunca supe cómo
conoció a la señora que los hacía, pero
literalmente él nos hizo subir a pie por
un barrio cerca de Los Cocos en el cen-
tro de Limón, con casas extremadamente
humildes, con solo senderos cuesta arriba.
Y se nos recibió con gran alegría porque
veníamos con él.
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También era un gran comunicador, y sus
clases eran muy agradables e instructi-
vas. Yo disfrutaba mucho de este tipo de
enfoque en sus clases y charlas. Tuve la
oportunidad de verlo brindando algunas
presentaciones dirigidas a públicos no
científicos (niños y jóvenes de colegio,
maestros de escuela) acerca de la historia
natural de ciertos organismos o ecosis-
temas. Lo hacía con gran naturalidad, y
enganchaba al público con un abordaje
educativo - divulgativo, sin términos com-
plejos, pero con una visión muy integral.
(2022, comunicación personal)
Otro de sus estudiantes, el Dr. Carlos
Jiménez, investigador del Enalia Physis Envi-
ronmental Research Centre, The Cyprus Insti-
tute, y el Cimar, recuerda a Ricardo como “el
Maestro”, diciendo que:
“… siempre estuvo en mis recuerdos de
mil formas, como anécdotas desde las
trincheras (embarrialados en los senderos
de Corcovado, 90s), o en las giras a los
arrecifes coralinos del Caribe (sorteando
“rastas” y oleajes impredecibles al prin-
cipio de los 80s) y del Pacifico (largos
días en las Islas del Coco y del Caño, 80s
y 90s), pero también en las inolvidables
horas en su oficina discutiendo sobre cien-
cia y conservación.(2022, comunicación
personal).
De acuerdo con éste, el apodo de “Maes-
tro” no se lo dieron en las aulas de la UCR, sino
en el campo, cuando impartía sus clases.
Por su parte, el Dr. Héctor M. Guzmán,
del Smithsonian Tropical Research Institute en
Panamá, recuerda a su profesor como:
“Una persona natural para enseñar amis-
tosamente y retándome intelectualmente
constantemente. Lo disfruté enormemente
y aprendí mucho sin barreras, nos ence-
rrábamos en discusiones tipo Alka Seltzer
donde ninguno ganaba, ya que ambos
teníamos puntos de vistas similares, pero
interpretaciones muy distintas. Así se for-
jan ideas y amistades permanentes.
… escribía todas sus observaciones deta-
lladamente en cuadernos de campo, algo
que debería ser rescatado. Este es uno de
sus tantos legados a nosotros, sus notas de
campo. (2022, comunicación personal).
El Dr. Rodolfo Dirzo, profesor Asociado
Superior del Stanford Woods Institute for the
Environment, dice así de Ricardo:
“Mi carrera como ecólogo tropical tuvo
un parteaguas definitivo al haber asistido
como estudiante al curso de ecología de
la OET para estudiantes latinoamericanos
en la década de los años 70. El elemento
central de este parteaguas fue, por una
parte, la dedicación de los profesores que
se encargaron de instruirnos y motivarnos
en esta fascinante disciplina científica y,
por otra parte, el enorme placer de pasar
dos meses en el campo en compañía de
personas entrañables. Entre estos últimos
descuella de manera especial el caso del
querido amigo y colega, el maestro Ricar-
do Soto. Aquí utilizo el término maes-
tro deliberadamente para hacer notar su
generosidad, empatía, y predisposición
incansable para compartir el conocimien-
to que en esa temprana edad ya poseía.
Para un estudiante como yo, que por
primera vez se acercaba a examinar de
manera científicamente estructurada la
biodiversidad tropical, el contar con un
compañero tan compartido y generoso
como Ricardo catapultó el beneficio de
asistir a este curso. Del maestro Ricardo
aprendí no solamente ecología e historia
natural de los ecosistemas tropicales, sino
también la cultura y tradiciones de la
gente de Costa Rica. Así, no puedo dejar
de mencionar lo mucho que aprendí de las
aves, las plantas, y los manglares de ese
país, y aprendí también a dar mis prime-
ros pasos en el uso del idioma español ¡al
estilo Tico!
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Al paso de los años, tuve el privilegio de
seguir interactuando con él, en particular
en lo relacionado a la docencia, así como
en lo relacionado a recibir su consejo,
siempre constructivo e invaluable sobre
diferentes aspectos de la ecología tropical.
Me uno al pésame de la comunidad bioló-
gica costarricense ante la pérdida de un
colega y maestro que siempre se caracte-
rizó por su sapiencia y bonhomía. (2022,
comunicación personal).
El Dr. Michel Montoya, miembro del
Comité Científico de la Asociación Ornitoló-
gica de Costa Rica se expresa de la siguiente
manera sobre Ricardo:
“Ricardo Soto y su amor por los mangla-
res: Era la época en que yo frecuentaba la
Escuela de Biología de la UCR y compar-
tía con sus profesores y estudiantes el que-
hacer cotidiano de la Universidad. Para
hacer observaciones en humedales, mandé
construir un bote adecuado para este fin.
Fueron varios estudiantes que utilizaron
dicha embarcación para realizar observa-
ciones para sus trabajos de tesis. Ricardo
Soto, colega con quien teníamos largas
conversaciones sobre temas ecológicos y
humedales, cuando decidió ir al retiro en
tierras del sur del país, me pidió que le
cediera la embarcación. Así fue, se tras-
ladó a las nuevas tierras de Pacífico Sur
con la embarcación y con la intención de
seguir con el estudio en tierras inundadas.
Al final nunca supe qué investigaciones
hizo en su retiro, pero si demostró cuál era
su vocación e intereses científicos.
Ricardo Soto descubre la Isla del Coco:
Entre el 12 y 19 de junio de 1994, Ricar-
do Soto visitó e investigó la vegetación
de la Isla del Coco, invitado a formar
parte del equipo interdisciplinario de la
Universidad de Costa Rica que realizó
un Sondeo Ecológico Rápido en el marco
de la elaboración del Plan General de
Manejo de la Isla del Coco de 1995. Para
ese tiempo ya yo contaba con varios años
de trabajar en la isla y disponía de mucha
información, siendo autor de varias publi-
caciones. Me tocó asesorar al equipo de
la UCR, y en especial al colega y amigo
Ricardo Soto, suministrándole informa-
ción sobre las plantas, y observaciones
vinculadas a la vegetación y su medio.
Quedamos sumamente complacidos del
trabajo que hizo Ricardo en una semana
de campo, utilizando métodos de trabajo
novedosos, con los que pudo completar
una lista de las especies vegetales y regis-
tró muchas observaciones que han enri-
quecido el conocimiento de la naturaleza
de la isla. Nos llamó mucho la atención
la manera creativa y particular con que
trataba los conceptos y temas de flora,
vegetación y biodiversidad. (2022, comu-
nicación personal).
También, el Dr. Jorge Cortés, investigador
del Cimar, recuerda así a Ricardo:
“… Ricardo era un naturalista extraordi-
nario y tal vez el mejor ecólogo que ha
tenido Costa Rica. Conocía de plantas
terrestres y marinas como pocos, así como
su historia natural, y lograba transmitir
ese conocimiento de forma brillante. Cola-
boramos mucho en el campo y laboratorio
después del terremoto de Limón, y publica-
mos algunos trabajos, otros quedaron pen-
dientes. Era un gusto ir al campo con él,
era una enciclopedia de historia natural.
De camino nos ilustraba sobre geografía,
geomorfología, geología, botánica, zoolo-
gía, evolución, ecología, por donde reco-
rríamos. Vi el inicio de un texto de un viaje
de San Pedro a Sierpe, viaje que hicimos
varias veces cuando íbamos a la Isla del
Caño, donde iba describiendo los paisajes
que atravesábamos. Se hacían cortos los
viajes de muchas horas al Caribe u otras
regiones que visitamos.
Ricardo llegó a idear y realizar estudios
biológicos innovadores de diversa índole,
la mayoría financiados por él mismo con
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fondos de consultorías que hacía, dentro y
fuera de la UCR. Eran estudios muy refina-
dos de ecología en su mayoría. Leía mucho
y además, se asesoraba con especialistas.
Tomaba las muestras y pasaba meses ana-
lizándolas y después procesando los datos.
Una vez que entendía cómo funcionaba
el sistema nos contaba y lo compartía en
sus clases, pero no llegó a publicar casi
nada. Todo terminaba en un AMPO en su
oficina. Vi varios de esos archivos sobre
temas marinos. Eran estudios brillantes
y únicos. Varias veces ofrecí ayudarle a
publicarlos, pero me decía que ya entendió
el asunto y ahora estaba en otra cosa. Ese
fue el defecto de Ricardo, no publicó todo
lo que conocía… algo parecido a Douglas
Robinson, otro de los grandes científicos
de la Escuela de Biología que dejó muy
poco escrito. En los años en que compartí
mucho con Ricardo, entre varios hacíamos
la broma de que lo íbamos a encerrar en la
oficina y que por una ventanilla le íbamos
a pasar comida a cambio de manuscritos.
Era un amante de la comida y disfrutaba
enormemente comer. (2022, comunica-
ción personal).
Willy Alfaro, naturalista, fotógrafo profe-
sional, y estudiante de Ricardo, se refiere así
sobre su exprofesor:
“Cuando pensamos en don Ricardo, pen-
samos en conservación. Él era un ena-
morado de la naturaleza y a pesar de
enseñarnos Historia Natural, nos hacía
pensar en cómo hacer ciencia para con-
servar. En sus clases se sentía esa pasión y
amor por la naturaleza, y nos la transmitía
con sus historias y anécdotas. Recuerdo la
gira que tuvimos al PN Corcovado, para-
mos en algún lugar de Talamanca y nos
llevó a ver un Podocarpus sp. tan grande
que los 24 que íbamos pudimos entrar
adentro del árbol. En esa gira, caminamos
por el bosque de Corcovado unos 40 km y
él siempre fue adelante, caminando mejor
que cada uno de nosotros. Seguimos una
amistad por años. Lo visitaba en AVINA,
una ONG adonde llegaba de primero cada
día. Salía de su casa a las 4 a. m., y siem-
pre me contaba de sus nuevos proyectos,
siempre leyendo y siempre aprendiendo.
Una gran persona que nos marcó a quie-
nes lo conocimos en el campo. (2022,
comunicación personal).
El Dr. Jorge A. Jiménez Ramón, Director
General de la Fundación MarViva, le recuerda
de la siguiente manera:
“Conocí a Ricardo cuando recién llegaba
con su maestría de Puerto Rico. Su primer
curso fue sobre algas marinas, en el cual
me matriculé y pronto nos convertimos
en amigos. Su calidez humana era des-
bordante y su interés por todo lo vivo era
contagioso. Le fascinaban las aves, plan-
tas, moluscos y algas. Su conocimiento era
enciclopédico y pronto nos interesamos en
trabajar en manglares, compartiendo múl-
tiples giras en la costa Pacífica y Caribe.
En una ocasión, apoyábamos un curso de
Ecología Marina en Cahuita. Luego de
participar en el curso, yo iba hacia Moín,
a trabajar en el pantano. La persona que
me iba a ayudar con las mediciones en
el pantano de Moín, no llegó y tuve que
iniciar mi trabajo solo, acampando en
una tienda y cocinando mis alimentos, en
medio de los cocoteros. Al segundo día,
Ricardo llegó en un carro a apoyarme y
se quedó hasta que terminamos las medi-
ciones; fue un gesto de solidaridad como
muchos otros que me ofrecería durante los
siguientes años.
Ricardo era madrugador. Antes de las
7 a. m. estaba en su oficina y le gustaba
salir de regreso a media tarde hacia su
casa. No le gustaba las aglomeraciones ni
la vida social intensa, pero le encantaba
una buena conversación. Le gustaba la
gente y sus historias, muy orgulloso de su
infancia en Cuipilapa se jactaba de ello
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con cuanto campesino podía hablar. En
muchos temas era rebelde, criticando las
visiones tradicionales y la burocracia.
Era un ferviente creyente en dar oportu-
nidades a los jóvenes, a los que apoyaba
e impulsaba.
Años después, nuestros caminos se volvie-
ron a cruzar, esta vez por nuestra pasión
por los pantanos. Ricardo se había involu-
crado con el grupo Avina y viajaba mucho
por Latinoamérica, apoyando a jóvenes
que trabajaban en programas costeros y
marinos. Durante esos años me apoyó a
conseguir financiamiento para trabajar
en la laguna de Palo Verde, y tuvimos
muchas conversaciones y revisiones de
las diferentes actividades que hacía en la
región del bajo Tempisque. Quizás por su
amplio conocimiento y su facilidad para
conversar con la gente, era muy querido en
muchos países de la región. Tenía muchos
amigos en Centro y Sur América.
Una noche en Uruguay, pasó un episodio
doloroso y angustiante, cuando sus pul-
mones empezaron a acumular agua. Esa
noche, en un pequeño hotel rural, Ricardo,
me contaría luego, quiso morir pues ya
no podía aguantar la asfixia que sufría.
De alguna forma los dueños del hotel
lograron trasladarlo a un hospital, donde
le confirmarían la deficiencia renal que
sufría. El trasplante de un riñón, donado
por su esposa Grettel, fue una oportunidad
de seguir viviendo. No sólo declaraba su
constante agradecimiento a Grettel por
semejante acto de amor, si no a la dicha de
poder seguir disfrutando de la vida. Lejos
de deprimirse, Ricardo fue un voraz lector
en sus días de convalecencia para luego
lanzarse de nuevo a las actividades en pro
de la conservación marina.
Unos años después, le pedí ayuda a
Ricardo para abrir la oficina de MarViva
en Bogotá. Seleccionar personal, áreas
y temas de trabajo nos obligó a pasar
muchos días viajando y conversando en
lanchas, aviones y vehículos. Siempre se
mostraba tranquilo, dispuesto a conversar
largo y tendido, trabajando incansable-
mente por largas horas y aportando ideas
y soluciones en vívidas discusiones que
hacían más llevaderas los largos días
de trabajo.
Ricardo fue un extraordinario científico,
pero sobre todo fue un gran amigo, una
persona con un gran corazón y una fe
ciega en la ciencia y las personas. Perdi-
mos mucho con su partida. (2022, comu-
nicación personal).
Finalmente, el Dr. Gerardo Avalos, estu-
diante de Ricardo y profesor de la Escuela de
Biología, lo recuerda así:
“Ricardo Soto no solamente era un ecó-
logo y un filósofo en el sentido amplio del
término. De él aprendí de su inagotable
curiosidad científica y de no limitarse
a un campo en particular, sino explorar
preguntas basadas en observaciones de
campos muy disímiles. Precisamente este
es el meollo, no solamente de la historia
natural, sino de la Ciencia en general:
desarrollar la capacidad de observación
y de formular preguntas, de buscar res-
puestas, interpretar el mundo desde un
punto de vista científico, además de ser
capaz de comparar ecosistemas muy con-
trastantes, no únicamente a nivel espacial,
sino histórico. Ricardo tenía esa perspec-
tiva multiescalar que le permitía analizar
fenómenos en el tiempo ecológico y en el
tiempo evolutivo.
Además, era un lector incansable de temas
diversos de ciencia. Leía por placer. De
los cursos que llevé con Ricardo (Historia
Natural, Ecología General, Ecología de
Comunidades de Plantas) recuerdo que
siempre citaba a autores que para otros
profesores eran desconocidos, y que cono-
cía de debates científicos relevantes en su
tiempo, ideas nuevas y revolucionarias.
Ricardo tenía la destreza de mantener
XXIX
Revista de Biología Tropical, ISSN: 2215-2075, Vol. 70: XX-XXXI, Enero-Diciembre 2022 (Publicado Jul. 28, 2022)
una conversación interesante. Le encan-
taba discutir, filosofar, analizar nuevas
ideas, integrando argumentos de diferentes
campos, así como interpretar gráficos.
Sus tópicos de conversación eran inter-
minables y controversiales, pero nunca
aburridos. Conversaciones de este nivel
solamente las he encontrado en algunos
libros de Stephen Jay Gould, Jared Dia-
mond, y algunos de los mejores científicos
y escritores de evolución e historia natural.
Ricardo tenía una personalidad fuerte,
así que también protagonizó controversias
con otros colegas y estudiantes. En gene-
ral, siempre mantuvo un trato respetuoso,
o bien se disculpó en los casos en los que
cruzó algunos límites. Nadie es perfecto y
errar es humano.
Con Ricardo conocí la cara indómita
de Costa Rica, desde la Península de
Osa, hasta los páramos de Chirripó y
los manglares de Bahía Salinas, entre
otros muchos sitios. Como aprendiz de
biólogo mi deseo era conocer Costa Rica
y aprender de su enorme biodiversidad.
Esas primeras experiencias en mi caso
fueron determinantes. Aprendí que la cien-
cia de la historia natural se hace en el
campo, con ingenuidad y sin miedo a
equivocarme, y experimentando calores
y humedades insoportables, el barro del
manglar y las picaduras de las purrujas,
o fríos extremos… pero también conocí
lo imprescindible de disfrutar del análisis
de las cosas prima facie a partir de con-
versaciones en el campo, o discutir sobre
los organismos que habíamos observado
en ese momento, o con un café en alguna
estación biológica, con colegas de intere-
ses muy diversos, incluyendo al cocinero
de turno, o el baqueano que nos guiaba
en la montaña, al compañero avanzado
de carrera que ya tenía tópico de tesis en
campos totalmente separados a mis intere-
ses… todo desde una perspectiva integra-
dora y multidisciplinaria. La experiencia
de campo había que complementarla con
lecturas, ya fueran pertinentes al tema en
cuestión, o bien, leyendo de todo.
Ricardo sembró en mí la idea de dejar
Costa Rica y ver cómo se hacía biología
en otros países en un breve consejo al pie
del Sendero Cerros Calizos en Palo Verde.
Viajar es un deber, pues las perspectivas
deben cambiar, el intercambio y discusión
de ideas no deben estar limitados a un
lugar, a una escuela...
Ricardo me enseñó a ayudar a los estu-
diantes emergentes, y a respetar ese mara-
villoso potencial que solamente requiere
una pequeña oportunidad y un consejo
breve para desarrollarse. No podré olvi-
dar nunca esa lección de dar pequeñas
oportunidades... de respetar el potencial
humano, y que ahora trato de descubrir
también en mis estudiantes, porque nues-
tro rol como profesores es, no solamente
enseñar y transmitir información, sino
formar y mejorarnos como seres humanos,
no con la filosofía errónea de que la letra
entra con sangre y que el rigor científico
es dejarlos solos, llenarlos de tareas,
abrumarlos con trabajos confusos, sino
más bien facilitarles que desarrollen su
propio aprendizaje, y lo que es más impor-
tante, inspirarlos para que se emocionen
por el descubrimiento y la comprensión
de la naturaleza y que hagan de su vida
una misión por conservarla y dejar algo
mejor. Las personas como Ricardo ense-
ñan e inspiran con su ejemplo y contagian
su pasión por la ciencia. Posiblemente
ese, más que los papers que produjo, es el
legado que deja el maestro Ricardo Soto.
Los relatos anteriores dan testimonio fiel
de la figura de Ricardo en sus diferentes face-
tas, como profesor, colega, científico, y amigo.
Sirva este esbozo biográfico como un agrade-
cimiento póstumo a su memoria, así como al
legado profesional y humano que dejó al país
y a las personas que tuvimos la oportunidad
de conocerlo.
XXX Revista de Biología Tropical, ISSN: 2215-2075 Vol. 70: XX-XXXI, January-December 2022 (Publicado Jul. 28, 2022)
Como jubilado
Después de jubilado se ocupó de proyectos
personales. Uno de esos fue la construcción
de cabañas en una finca que tenía en Puerto
Escondido de Osa. La finca se manejaba como
reserva biológica, por lo que Ricardo planeaba
pasar temporadas ahí y dedicarse a activida-
des de educación ambiental, investigación y
turismo ecológico.
En un pueblito del Cerro de la Muerte, lla-
mado La Esperanza, tenía una finca colindante
con el Parque Nacional Tapantí. Ahí pasaba
periodos donde disfrutaba de actividades como
la lectura, el contacto con la naturaleza y la
observación de aves. Con la colaboración de
vecinos y amigos incursionó en el cultivo de
papas, uchuvas, moras y hasta truchas. Como
el comercio no era lo suyo, las ventas se daban
principalmente entre familiares y vecinos.
En el 2010 cumplió uno de sus grandes
anhelos, viajar a Kenia para visitar algunos
Parques Nacionales. También viajó a Turquía
e Inglaterra y en el 2013 conoció el Cañón
del Colorado.
Sus últimos años los dedicó a una de
sus grandes pasiones, la lectura, al lado de
su inseparable compañero Madiba, un perrito
Beagle. Siempre mantuvo el interés en los
temas de conservación y tuvo la convicción
de que el compromiso del ser humano con el
ambiente puede generar cambios positivos para
la humanidad.
AGRADECIMIENTOS
Al Archivo Universitario Rafael Obre-
gón Loría (Aurol) y al Servicio de Búsque-
da Bibliográfica del Sistema de Bibliotecas,
Documentación e Información (Sibdi) de la
UCR por proporcionar parte de la información
incluida en esta biografía. Agradecemos a sus
hermanas María Lidia y Sonia, así como a su
sobrina Carolina Vargas, por la revisión y apor-
tes adicionales al texto preliminar. Paul Hanson
confirmó el nombre de la especie dedicada de
Ichneumónido. De igual manera a Jorge Cortés
por sus comentarios, anécdotas, y contactos de
estudiantes que conocieron a Ricardo Soto; así
como a los estudiantes y colegas de Ricardo
Soto que quisieron compartir sus recuerdos y
fotografías para esta biografía en su memoria,
entre ellos a Carlos Jiménez, Héctor Guzmán,
Rodolfo Dirzo, Helena Molina, Luko Hilje,
Ricardo Soto de paseo por el Parque Nacional Amboseli,
Kenia, en mayo del 2010. Fotografía cortesía de sus
hermanas María Lidia y Sonia.
Ricardo con Madiba, su fiel e inseparable compañero en el
2017. Fotografía de su hermana Sonia.
XXXI
Revista de Biología Tropical, ISSN: 2215-2075, Vol. 70: XX-XXXI, Enero-Diciembre 2022 (Publicado Jul. 28, 2022)
Maritza Guerrero, Michael Montoya, Mitzi
Campos, Vanessa Nielsen y Willy Alfaro.
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Rica) 2022. Proyectos de Ricardo Soto Soto. Consul-
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