Identidad y alteridad en la obra literaria de Francisco Moscoso Puello (1885-1959)

Literatura

Identidad y alteridad en la obra literaria de Francisco Moscoso Puello (1885-1959)

Identity and Alterity in the Literary Work of Francisco Moscoso Puello (1885-1959)

Roque Santos
Universidad Autónoma de Santo Domingo, Santo Domingo, República Dominicana

Identidad y alteridad en la obra literaria de Francisco Moscoso Puello (1885-1959)

Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica, vol. 47, núm. 2, e46866, 2021

Universidad de Costa Rica

Recepción: 02 Septiembre 2020

Aprobación: 06 Octubre 2020

Resumen: Francisco Moscoso Puello es un médico dominicano que desarrolló su vida intelectual en la primera mitad del siglo XX. Imbuido de un espíritu crítico se sitúa al margen de la élite ligada al poder durante la tiranía trujillista. Atravesado por la experiencia personal de ser mulato, reflexionó en su obra literaria sobre la cuestión racial en República Dominicana, influenciado por las ideas claves del determinismo geográfico y el racismo biologicista que predominaron en las ciencias sociales decimonónicas. Es considerado un digno exponente de lo que se ha llamado el pesimismo dominicano en continuidad con los pensadores sociales dominicanos de finales del XIX e inicios del XX. En el siguiente trabajo, se analizan cuatro de sus obras literarias desde el punto de vista de la identidad, tanto personal como colectiva, y la alteridad, tomando como guía el concepto de identidad narrativa de Paul Ricoeur. A partir del método hermenéutico, propuesto por Stephen M. North (1986) y aplicado por Sánchez Escobar (2001) en la investigación cualitativa de producciones escritas, se analizan e interpretan los patrones recurrentes en torno a sus ideas raciales y su percepción de lo que en su momento se llamó el alma dominicana.

Palabras clave: identidad, identidad narrativa, mulato, raza, racismo.

Abstract: Francisco Moscoso Puello is a Dominican doctor who developed his intellectual life in the first half of the 20th century. Imbued with a critical spirit, he is on the fringes of the elite linked to power during the Trujillo tyranny. Pierced by the personal experience of being a mulatto, he reflected in his literary work on the racial question in the Dominican Republic influenced by the key ideas of geographic determinism and biological racism that prevailed in the nineteenth-century social sciences. He is considered a worthy exponent of what has been called Dominican pessimism in continuity with Dominican social thinkers of the late nineteenth and early twentieth centuries. In the following work, four of his literary works are analyzed from the point of view of identity, both personal and collective, and alterity, taking as a guide the concept of narrative identity of Paul Ricoeur. Based on the hermeneutical method, proposed by Stephen M. North (1986) and applied by Sánchez Escobar (2001) in the qualitative investigation of written productions, recurring patterns are analyzed and interpreted around their racial ideas and their perception of what at the time it was called the Dominican soul.

Keywords: identity, narrative identity, mulatto, race, racism.

“Soy un espíritu atormentado...

que no ha encontrado regularmente

su posición en la vida”

F. Moscoso Puello (2000, p. 144).

1. Primera parte

1.1 Planteamiento del problema

La identidad cultural es uno de los temas que ha permeado el mundo intelectual dominicano desde los inicios de la primera república, a mediados del siglo XIX, hasta la actualidad. A pesar de los marcos conceptuales y enfoques distintos, la pregunta ha sido la misma; bien se trate del carácter nacional o el espíritu del pueblo dominicano o bien se formule, en términos más modernos, como identidad nacional o identidad colectiva dominicana.

Ahora bien, preguntarse por la identidad cultural solo es posible una vez que la comunidad humana adquiere cierta uniformidad y sentimiento común, lo que le permitirá mirarse como un todo, esto es, como una comunidad política o un Estado-nación. Preguntarse por quién se es, en tanto comunidad política diferenciada, es posible porque le antecede no solo un sentimiento nacional, o su añoranza, sino también un constructo imaginario sobre la propia formación como entidad colectiva.

Este constructo imaginario se ha venido construyendo y reconstruyendo en territorio dominicano, por un lado, bajo la diferenciación y la invisibilización del otro y, por el otro lado, bajo la búsqueda nostálgica de unas raíces ancestrales sobre las cuales se proyecta un tipo de “talante” dominicano como carácter o identidad nacional. Esta búsqueda está orientada por discursos que ven la identidad nacional desde una reconstrucción histórico-étnica del pasado orientada por una concepción biologicista de la sociedad; en tal virtud, la identidad expresada es una identidad sustancialista que busca su legitimidad en unos hechos fundantes del espíritu nacional.

Los discursos que se construyeron en torno a la identidad nacional están enfocados en mostrar las angustias, vicisitudes y fracasos del Estado-nación dominicano en sus esfuerzos por establecerse como una nación moderna y civilizada. De este modo, la constatación de esta imposibilidad ha generado una figura de sí mismo (Ferrán B, 1985) impregnada de cierto fatalismo determinista que se constituyó como generador de otros discursos y prácticas. En otras palabras, estos discursos instituyeron las “figuras de sí” que se han construido sobre la vida nacional y sobre las cuales se vuelve según intereses y proyectos políticos.

El apego al pasado, bien sea hispánico o indígena, constituye un modelo de búsqueda de la identidad que tiene sus discursos en los pensadores y narradores que acompañaron el nacimiento de un nuevo orden republicano durante el siglo XIX. Ya en el siglo XX, conformado mínimamente el Estado-nación, la pregunta por la identidad adquiere nuevos matices porque buscaba, de algún modo, explicar biológicamente el fracaso del proyecto de nación dominicana. Esto permitió la existencia de un discurso contextualizado y distinto sobre la identidad nacional, al igual que lo fue, posteriormente, el discurso sobre la identidad nacional que se orquestó durante la tiranía de Trujillo (1930-1961) y, por supuesto, el gestado a partir de 1966 hasta la fecha.

Uno de los discursos sobre la dominicanidad que cierra una época es el construido por Francisco Moscoso Puello a través de sus obras literarias, publicadas durante la primera mitad del siglo XX. Este discurso sobre el carácter nacional de los dominicanos todavía no ha sido analizado de modo particular, ni ha sido profundizada la relación entre la vivencia existencial personal del autor y la historia colectiva en la construcción de una “figura de sí”, tanto de la persona como de la comunidad política.

En el presente trabajo se abordará el análisis del discurso de Moscoso Puello a partir del método hermenéutico de Stephen M. North y bajo el modelo de la identidad narrativa propuesto por Paul Ricoeur. La opción metodológica adoptada permitirá dar cuenta de la simbiosis realizada por el autor entre la búsqueda de “sí” personal y la construcción de una “figura de sí” de la colectividad dominicana que diera respuesta a su angustia existencial.

Se parte de la convicción de que este autor reflexiona sobre “lo dominicano” a partir de sus propias vivencias y que, alejado de la élite intelectual de la época que crea una cultura desde y para el poder político, se adhiere sin más al determinismo biológico que reinaba en las ciencias sociales decimonónicas con el fin de responder a su angustia existencial de ser un mulato en una sociedad que negó e invisibilizó la cuestión racial a través de la hispanofilia.

Moscoso Puello es un autor inquisitivo que se mantuvo buscando explicaciones para descifrar el carácter de lo que él denominó el “alma dominicana”. Su obra ensayística, camuflada en una emisión epistolar a una dama imaginada, Cartas a Evelina, fue publicada entre 1913-1935, periodo en el cual la pregunta por la identidad nacional se vuelve angustiosa dado el fracaso de la vida política en la era republicana que desembocó en la primera intervención norteamericana al país (1916-1924) y los regímenes dictatoriales posteriores. La importancia de este texto está en que lo colectivo pasa por el prisma de la vivencia personal y, a pesar de que es una obra ensayística en forma de cartas, resulta ser una obra testimonial por lo que la cuestión de la identidad narrativa y la configuración del otro quedan patentes.

De igual forma, Cañas y bueyes y Navarijo, ambas publicadas durante la dictadura de Trujillo, son obras en las que el autor construye una narrativa en torno a la industria azucarera y las condiciones de vida de los trabajadores, en la primera, mientras que en la segunda es un conjunto de memorias familiares en el popular barrio de la capital dominicana de fin del siglo XIX. Por último, hay un artículo de opinión publicado en 1936 en la prensa local. Este artículo breve intitulado De la odisea de La Hispaniola causó un gran revuelo en la comunidad intelectual del momento. En él aborda el importantísimo tema de la mezcla racial y su producto más elocuente, el mulato y cómo la república de Haití, para el autor, es un ejemplo de unidad racial y, por tanto, de unidad nacional.

Para muchos especialistas en el pensamiento social dominicano, la obra de Moscoso Puello se incluye en la prolongación del pesimismo dominicano; sin embargo, su reflexión se inscribe fuera del proyecto político-cultural de la élite del momento, ya que no pertenece a la intelligentsia(Rodríguez, 2004, p. 473) que se fraguó alrededor del Estado-nación para justificar históricamente la prevalencia de los rasgos hispánicos-taínos en la constitución étnico-cultural-religiosa dominicana y que ha mantenido un discurso combativo y discriminatorio hacia Haití y lo negro; pero tampoco es un autor que se sitúa sin más en el “dilema” de que, a pesar de que su población es mayoritariamente mulata y negra, la “africanidad queda fuera de los bordes de su identidad” (León Olivares, 2014, p. 83).

Moscoso Puello fue un mulato, hijo de padre español y madre negra. Provino de una familia de escasos recursos que vivió muy de cerca las vicisitudes de la nación. En su madurez, cuando ya poseía cierto renombre y un acceso a las publicaciones (periódicos, revistas, la impresión de libros) fue colocando los escritos en los que reflexionaba sobre el “alma dominicana” cuya constitución la vio reflejada, de forma angustiosa, en sí mismo. Por tanto, la búsqueda de la dominicanidad es una búsqueda de sí mismo, la configuración de la identidad colectiva era una manera de aquietar y dar respuestas a las interrogantes sobre el quién soy individual, sobre la identidad personal. Para hacerlo no recurrió al tratado sociológico o a la narrativa historiográfica de gran envergadura, sino a los recursos literarios de la época de modo tal que pudo ir preguntando, descubriendo y recontando sus propias angustias identitarias en las de la colectividad. De ahí la importancia del análisis de la obra literaria de Moscoso Puello desde la perspectiva de la cuestión racial y la identidad dominicana.

En este sentido es que preguntamos: ¿cuál es el discurso sobre la identidad dominicana en la obra literaria de Francisco Moscoso Puello?; ¿qué plantea este discurso sobre la identidad dominicana desde la perspectiva de la cuestión racial?; ¿cómo se vislumbra en su obra literaria la alteridad en la configuración de la identidad dominicana?

1.2 La problemática racial en República Dominicana

Francisco Moscoso Puello inicia Cartas a Evelina en San Pedro de Macorís en 1913. Para este momento, dicha ciudad era el centro económico del país, fuera de la Región del Cibao. En esta ciudad próspera había iniciado sus actividades como médico y su labor de escritor novel.

En septiembre de 1913 la revista Cuna de América le publica las primeras tres cartas. Para el momento, la ideología trujillista todavía no había orquestado su discurso antihaitiano con fines identitarios; pero como bien señala Franco Pichardo en su estudio “Sobre racismo y antihaitianismo” la mayoría de sus ideas ya habían tenido su asidero en la élite tradicional blanca que heredó el racismo desde el periodo colonial, por lo que le era común el prejuicio racial y el menosprecio al pueblo llano (2003, p. 76).

Si debemos buscar una fuente desde la que se nutre Moscoso Puello en torno a sus ideas raciales, es, por un lado, el conjunto de creencias y comportamientos heredados por la colectividad, lo que podríamos llamar la idiosincrasia dominicana adquirida a través de las instituciones de socialización y, por el otro, el discurso de la élite blanca que le influenció a través de las lecturas y la formación académica; dado el monopolio intelectual que ejercía sobre la cultura letrada de la media isla a fines del siglo XIX y principios del XX. Según el historiador dominicano, para el momento en que escribe Moscoso Puello, el miedo y el pesimismo son las notas distintivas de la intelectualidad en torno al futuro de la nación dominicana a causa de su composición racial híbrida (Franco Pichardo, 2003, p. 76); pero este rasgo de la cultura intelectual solo es la punta del iceberg porque subyace a él toda una “cultura” de prácticas, de creencias y discursos. En otras palabras, el éxito de la discriminación racial como política de estado solo es posible si la misma se sostiene en un “mundo de la vida” vulnerable racialmente; lo que se obtiene a través de los discursos y las prácticas raciales, tanto en el orden popular como en el intelectual, que son heredados desde el momento en que se instauró la esclavitud negra en la isla. En este sentido, los orígenes del prejuicio racial hacia el mestizo, el negro y el mulato están ligados al sistema esclavista colonial (Silié, 1989).

La vulnerabilidad racial en La Hispaniola se hace presente desde mediados del siglo XVI. Resulta que a raíz de las necesidades de mano de obra económicamente rentable (Williams, 2011) para la explotación de las minas, el cultivo de la caña, la construcción, el cultivo del ganado y el uso doméstico, dado que la población indígena esclavizada ya había mermado significativamente, se incrementó deliberadamente la mano de obra esclava de descendencia africana. Según las estimaciones de los estudios del tema, las diversas poblaciones de La Hispaniola estaban compuestas racialmente por una mayoría negra y mulata.

Por ejemplo, según los censos e informes recogidos en el texto de José Luis Sáez, para 1546 había una población total de 17 000 personas; de las cuales 5 000 eran blancos y el resto esclavos negros (1994, p. 561). A lo largo del siglo XVI va disminuyendo la población blanca al mismo tiempo que se incrementa la población negra. Para la época, el desequilibrio demográfico, dadas las condiciones de pobreza y el “cruzamiento” entre amos blancos y esclavas negras (Franco, 2012), es tan significativo que será un problema neurálgico en la composición de la población de la parte oriental de la isla durante el siglo XVII, al respecto lo siguiente:

La evidencia más clara sobre la trascendencia que tuvo aquel conjunto demográfico para la sociedad insular dominicana quedará patente en el siglo XVII, cuando la isla es abandonada a raíz de la crisis económica que azotó la colonia. Es más que probable que el grueso de la población que se quedó en Santo Domingo durante aquella centuria estuviera compuesta por una gran masa de criollos mulatos y negros y por una minoría de blancos nacidos en la colonia, aunque de diversas procedencias, especialmente portugueses y canarios, además de los españoles peninsulares (Rodríguez Morel, 2013, pp. 467-468).

Este desequilibrio demográfico es lo que permite que, en un primer momento, la segregación por el color de piel lleve a una segregación laboral: los negros y mulatos son los que trabajan mientras el amo blanco dirige y ordena (Silié, 1989, p. 167). De este modo, las diferenciaciones objetivas del color de la piel se constituyen en mecanismos de diferenciación social, ya que “las relaciones sociales de explotación que caracterizó a la esclavitud fue lo que permitió la expresión cotidiana de una desigualdad que encontró en la raza una forma más de expresar las contradicciones entre propietarios y no propietarios” (Tolentino Dipp, 1974, p. 173).

Para el siglo XVIII y el siglo XIX, en términos demográficos, la población mulata y negra se constituye en la mayoría empobrecida frente a una minoría blanca, también empobrecida por el olvido de la metrópoli. La cuestión racial –si bien las condiciones materiales no establecen diferencias sociales marcantes entre la población, como tampoco se puede reducir a su conexión con el sistema esclavista (ya relajado en su aplicación)– será el mecanismo de diferenciación entre los diversos estratos sociales. De este modo, la vieja noción de “pureza de sangre”, que en España se forjó como una cuestión de índole religiosa y económica, en La Hispaniola se establece como un problema entre blancos, negros y mulatos con matices distintos en términos de color de piel. Es decir, en la isla, la pureza de sangre no se establece sobre méritos o pertenencias religiosas o sociopolíticas, sino de color de piel y de aspiración a los patrones o modelos considerados como los del amo blanco. En este sentido, la élite blanca se diferenció por la piel del negro y del mulato:

En tal virtud, fue el crecimiento, primero de la población mestiza sometida a la servidumbre, más tarde de los negros, esclava y, más luego, de la población mulata, el detalle clave que permitió la referencia al color de piel como factor ideológico determinante, primero en La Española y más tarde en toda América, como elemento justificatorio de la diferenciación y superioridad del amo y señor blanco europeo sobre el indio, el negro, el mestizo y el mulato, basamenta ideológica muy útil para justificar la explotación del hombre por el hombre (Franco, 2012, p. 55).

Esta diferenciación continuó hasta el siglo XIX y, en la naciente República Dominicana, constituyó un elemento de crisis entre la élite político-militar que se alzaría con el poder, una vez separados de Haití tras 22 años de ocupación militar, y la mayoría del pueblo dominicano. Escapa a los límites de este estudio indagar las repercusiones en el imaginario colectivo de la revolución haitiana, más allá de la recepción casi frecuente de antiguos esclavos negros de la parte occidental de la isla en la parte oriental; como escapa también a los límites de este trabajo indagar el momento exacto en que se inicia el antihaitianismo. Lo que interesa, por el momento, es señalar cómo la discriminación racial existió durante el periodo colonial, pero sin tintes antihaitianos ya que es posterior a las invasiones de Toussaint-Dessalines (1801-1805) cuando surge el miedo a Haití, tanto en el imaginario popular como en las clases dominantes de la época (Céspedes, 2014). A pesar de estos precedentes históricos y culturales, la ocupación de 1822 es la fecha clave para arraigarse de forma explícita en el discurso de la élite letrada el antihaitianismo o Haití como el enemigo histórico del pueblo dominicano y ello por razones más económicas que raciales, dada la excesiva carga impositiva sobre el comercio y la expropiación de la tierra en apoyo a los campesinos negros y mulatos que habían simpatizado con la idea de una declaratoria oficial de abolición de la esclavitud (Despradel, 2016, p. 308).

A partir de 1844 se tendrán dos vertientes del mismo problema racial. Estas vertientes se pueden establecer de manera endógena y exógena. En la primera, hay discriminación racial hacia el negro y el mulato criollo-dominicano, como una herencia del mecanismo de diferenciación proveniente de la colonia con sus distinciones y agravamientos particulares según las condiciones de vida materiales; esto lo podemos ver en las constantes desavenencias políticas e ideológicas entre los blancos criollos propietarios y los militares mulatos. Igualmente, en la segunda vertiente, hay discriminación hacia el haitiano como una diferenciación identitaria colectiva, lo que se puede observar cuando, dentro del espacio de construcción del sentimiento nacional, aflora concomitantemente en determinados sectores de poder el argumento de los “prohaitianos” como acusación política al bando opuesto (Despradel, 2016, p. 312); tal es el caso del general líder de la tropas de negros y mulatos, y el propiamente mulato, Jose Antonio Cuello fusilado en 1847 (Franco, 2001, p. 36). Estos rasgos discriminatorios individuales y colectivos en ningún modo son segregativos, sino que permean las relaciones sociales en los diversos estratos imprimiendo características especiales a estas últimas (Silié, 1989, p. 167).

No siempre la discriminación racial ha sido antihaitianismo; pero los términos en que se ha expresado el antihaitianismo en República Dominicana, desde inicios del siglo XIX hacia el presente, han sido raciales. De todas maneras, el color de la piel ha sido un motivo de construcción de prejuicios raciales, pero no de segregación racial (Silié, 2001). En este proceso, las identidades individuales de la persona mulata y negra tienen que vérselas con su piel mientras que el blanco se enorgullece de la suya. Estas vivencias en torno al color de la piel traen aparejado un afán de blanqueamiento y aceptación de los modelos y cánones de bellezas europeos como los válidos y los deseados. Esta urdimbre compleja de prejuicios hacia la negritud en sentido general crea unos imaginarios raciales colectivos que serán, posteriormente, los aprovechados por la ideología trujillista para su política racial bajo el doble argumento de la hispanofilia/lo blanco y el antihaitianismo/lo negro y la recuperación de la supuesta herencia indígena en la cultura y el “indio” como categoría intermedia en la que se dilata la aproximación a lo blanco de parte del mulato.

En resumidas cuentas, este es el panorama con el que se encuentra Moscoso Puello en torno al racismo en el país. Como hijo de su época, su experiencia personal como mulato se verá influenciada por estos códigos y prácticas raciales y su reflexión sobre el alma dominicana dejará traslucir, por un lado, la relación conflictiva heredada con Haití y el haitiano; como también, por el otro lado, la relación conflictiva en la cultura popular y la élite con el negro y el mulato.

1.3 La metodología de análisis

En el análisis, interpretación y el comentario de los textos literarios de Moscoso Puello desde la perspectiva de la cuestión racial se partirá del método hermenéutico propuesto por Stephen M. North (1986) y retrabajado por Sánchez Escobar en el área de la producción escrita en idioma inglés (2001, p. 300); este método se reformulará según convenga.

Esta versión del método hermenéutico es útil al ser creada específicamente para el trabajo en literatura, a partir del análisis de textos producidos que han creado “su propio mundo con palabras” (North, 1986, p. 225) y que, de una u otra forma, han sido permeados por su contexto social y cultural y han incidido de algún modo en su entorno.

En su método hermenéutico, North establece tres etapas y dos niveles. Sánchez Escobar enumera las etapas como: 1) el establecimiento de un conjunto de textos, normalmente llamado "canon", para interpretarlos; 2) la interpretación de esos textos; y 3) la generación de teorías sobre 1 y 2 (2001, p. 300).

Los dos niveles a los que hace alusión el método son el nivel empírico o la materialidad de la cuestión, por tanto, estaría aquí la primera etapa. El segundo es el nivel interpretativo que estaría constituido por la segunda y la tercera etapa. Básicamente el nivel empírico trata de la elección del “canon” o el conjunto de textos, es el “corpus” ya que consiste en el conjunto de obras que servirán para abordar la temática elegida.

Una vez concretizado el “corpus” de análisis y elegida la temática, se pasa al nivel interpretativo, con sus dos etapas: la interpretación de los textos y la generación de teorías sobre los pasos anteriores. En la interpretación de los textos, Sánchez Escobar sugiere los siguientes pasos: a) la búsqueda de pautas internas en los textos (el análisis de los textos); b) la explicación de las pautas o patrones encontrados (la generación de una interpretación a partir de las pautas encontradas) y c) la relación entre esta interpretación generada y la interpretación de otros lectores o dialéctica comunal.

En estos pasos deben verse las incidencias, según North, de los tres contextos que permiten la producción de los textos. El primero, el contexto retórico, se hará a través de la textualidad del discurso. Lo que se traduce en preguntar quién es el emisor del discurso o cuál es su “identidad retórica”; qué mecanismos son empleados para la construcción de la “sintonía afectiva” entre locutor y alocutario (Mella, 2013, p. 94); luego, el contexto intelectualy ético del discurso en donde no solo hay que dar una valoración de los porqués de la escritura sobre el tema, sino de la postura que adopta frente a este; y, por último, el contexto disciplinare intertextual que prevale en el discurso, es decir, los diálogos explícitos con otros autores y disciplinas dentro de una tradición intelectual que le sirve de fuente.

En la generación de teorías, la tercera etapa del método hermenéutico, se abordarán los conceptos nucleares de la teoría de la identidad narrativa de Paul Ricoeur y el papel de la alteridad en la constitución de esta configuración de sí.

2. Segunda parte: aplicación del método hermenéutico

2.1 Nivel empírico. Primera etapa o elección del corpus

Francisco Moscoso Puello fue un escritor prolijo; pero lo que nos ha llegado es poco comparado con lo que el autor dice que escribió. Hay noticias de sus cuentos, conferencias, ensayos, diarios y dramas que se perdieron durante el ciclón de San Zenón (1930). Tanto en Navarijo (2015, p. 446) como en Cartas a Evelina (2000, p. 119) habla de 14 legajos de manuscritos.

Como se ha señalado previamente, para este estudio se han seleccionado las obras literarias publicadas y con acceso al público dominicano: Cartas a Evelina (1913/35; 1941), “De la odisea de La Hispaniola” (1936), Cañas y bueyes (1935) y Navarijo, terminada en 1940 y publicada en 1956.

2.2 Nivel interpretativo. Segunda etapa: el análisis y la interpretación de los textos

2.2.1 La búsqueda de pautas internas en los textos. Contexto retórico

La búsqueda de pautas internas se ceñirá al tema de interés: la cuestión de la identidad y la alteridad. Sobre la identidad cabe la distinción entre la identidad colectiva o cultural y la identidad individual o personal. Primero, se agrupa lo relativo a la identidad colectiva y se diferencia, por el momento, de lo relativo a la identidad personal; aún tengan nociones comunes. Luego se muestra el mundo de los otros en un orden racial, el extranjero blanco y el extranjero negro.

a. La identidad colectiva o cultural: el carácter nacional

El alma dominicana constituyó uno de los temas predilectos de Francisco Eugenio Moscoso Puello. En Cartas a Evelina número 5 dice, en 1913, sobre sus pretensiones, ocho años atrás, de escribir un ensayo al respecto bajo la influencia del pensador francés Alfred Fouillée (Moscoso escribe Feuillet por confusión con el novelista Octave Feuillet). En este texto, se busca la explicación del carácter nacional, el alma o espíritu de los pueblos, en su conexión con la raza y el determinismo biológico y climático. Los puntos cruciales de este modelo explicativo del quién de los dominicanos está articulado por la indagación sobre, primero, la composición racial tanto en el origen como en la actualidad de la escritura; segundo, el determinismo biológico y climático (el trópico) y sus influencias en el carácter nacional a la luz de los acontecimientos históricos y sociales, por un lado, y las conductas colectivas más frecuentes, por el otro; tercero, la solución colectiva a las deficiencias del carácter nacional.

En torno al origen de la composición de la población, en las primeras cartas de la obra Moscoso Puello menciona un “origen indo-español y africano” (2000, p. 29). Esta combinatoria “indo-español” solo aparece esta vez y por el contexto no queda claro si hace referencia al mestizo o cholo o a la presencia de los tres pueblos-razas del Nuevo Mundo. De todos modos, la composición racial del origen es descrita bajo la influencia de la raza indígena, la raza española y la raza africana. Bajo esta clasificación es frecuente la distinción por el color como: indios, negros o prietos, blancos y mulatos o morenos (2000, pp. 7 y 26). El término mestizo aparece como “entrecruzamiento” entre las razas; por eso habla del mulato como mestizo dominicano (2000, p. 72). Resulta notorio el uso del “indio” como un color en el patrón de colores dominicanos.

Sus referencias a los distintos censos demográficos subrayan la primacía del mulato respecto a los negros y blancos y el carácter rural de la población hasta 1935, donde realiza su última mención del tópico. El censo más mencionado en sus obras es el de 1920, el primero en el país con un criterio científico, donde señala que para una población general de un millón de habitantes setecientos mil eran mulatos (Moscoso Puello, 2000, p. 187).

En “De la odisea de La Hispaniola” la reduce a quinientos mil mulatos, mostrándose más conservador en su estimación. Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia de este “mestizaje” de razas? El texto con el que responde a esta cuestión provocó un reverbero en la prensa nacional a tal punto que ameritó el pronunciamiento de la delegación norteamericana en Santo Domingo al departamento de Estado en Washington en oficio del 22 de enero de ese año (Gantenbein, 1936). En el artículo de opinión, dice lo siguiente:

Con los caracteres psicológicos del blanco español y del negro africano se ha creado una escala de valores espirituales y somáticas tan variada que imposibilita toda clasificación. Se ha creado un hombre de una inestabilidad tal, que es imposible hacer de él un estudio conjunto, fijar sus directivas, clasificar sus virtudes y defectos, como podría hacerse de aquellos que pertenecen a una raza determinada (Moscoso Puello, 1936, párr. 12).

Para el autor, el cruzamiento de razas o mestizaje en la isla es la condición determinante del atraso espiritual y moral de la nación, reflejado aquí en lo que llama “la falta de unidad nacional”. El producto resultante, en términos de razas o de sangre (de biologías), es un producto deficitario, inferior. Las razones que expone se resumen en las deficiencias de los ancestros ya que

Hay una razón biológica para explicar estos hechos. El mestizaje puede producir alguna vez la exaltación de algunos de los caracteres de las razas que se unen, pero, por lo regular, el producto es inferior. Este hecho se comprueba en Santo Domingo. De las razas puras que aquí se encuentran han salido muy pocos hombres superiores. La razón es, o parece ser, ésta: los blancos de Santo Domingo, que han contribuido a la formación de las últimas generaciones, eran blancos descastados, inferiores en su mayor parte, porque los blancos que sobresalían en la colonia por su ilustración, su estirpe o su posición económica, emigraron en todas las épocas, debido a las contingencias que sufrían en el país; quedaron, pues, los que no representaban ningún valor, y éstos, en número muy reducido, tuvieron que avenirse a las circunstancias y vegetar conjuntamente con los negros, que de por sí no daban nada. La mezcla de estas razas ha dado origen al mestizo dominicano, que es un tipo inferior, por lo regular, en el cual se encuentran las características de la raza blanca y de la negra frecuentemente neutralizadas. Santo Domingo es el país del globo en que mejor se puede hacer un estudio del valor del mestizaje (Moscoso Puello, 2000, p. 75).

De ahí que la haraganería, la guerra, la falta de un espíritu de superación, la desconfianza en el otro, la ausencia de un orden común de las cosas sean las conductas colectivas que predominan en el alma dominicana, según Moscoso Puello, y que emanan de esta combinatoria biológica entre “blancos descastados” y negros que “de por sí no daban nada”. La constitución “de por sí” del negro refleja el sustancialismo no aplicable a la condición del blanco y su estirpe.

Al determinismo biológico de la raza se añade el determinismo geográfico enfocado en el tema del “trópico” y la cuestión insular. La palabra “trópico” y su variante “tropical” son mencionadas unas 51 veces en Cartas a Evelina. Constituye un concepto ambivalente porque si bien es fuente de vegetación y frutales hermosos, también lo es de calamidades y plagas y es la gran causa para la holgazanería y la pobreza de espíritu al impedir el pensamiento abstracto por la carencia de grandes cuestiones o problemas (2000, pp. 105 y 151). De igual forma, la relación con el trópico es ambivalente, el criollo detesta explotar los recursos del trópico por el calor sofocante; mientras que el extranjero es quien explota las riquezas del trópico a tal punto que se constituye en la pieza clave para la civilización de la nación (2000, p. 68).

Para Moscoso Puello el determinismo geográfico del trópico ha generado un tipo de hombre deficitario:

El hombre tropical, sea por efecto del calor sofocante, o por las enfermedades, que no son pocas, es una variedad humana especial, turbulento y haragán, casi no sirve para nada. En ocasiones es un verdadero estorbo. Y es, además, un cofre de vicios. Bailar, jugar y emborracharse y robar son sus cualidades características. Es un hombre primitivo todavía. Vive distanciado de toda idea elevada. Entregado a pasiones muy bajas. Dotado de una incomprensión rudimentaria, parece tener una idea muy insignificante del valor de la vida (Moscoso Puello, 2000, p. 49).

¿Cuándo se superan las trabas para la civilización de este hombre tropical dominado por el mestizaje de razas? La respuesta es la misma en los dos textos trabajados hasta el momento: “Sólo después que esta raza se homogenice, es cuando se puede esperar el establecimiento de caracteres específicos que permitan una evolución social y política más regular, y más armoniosa” (Moscoso Puello, 2000, p. 76).

El insularismo se puede catalogar como una consecuencia natural del determinismo geográfico ya expuesto. En Cartas a Evelina, Moscoso Puello realiza afirmaciones ambiguas sobre el papel a jugar por las islas dentro de la civilización. Por un lado, parte de lo que indican los geógrafos sobre la importancia de las islas griegas y el archipiélago británico, por el otro, en cambio la isla de La Hispaniola no ha sido afortunada por su condición tropical. En resumidas cuentas, la mirada fatalista se dirige hacia el territorio insular en estos términos:

Y a los que pudieran seguir creyendo que son los frutos tropicales que se cultivan en Santo Domingo lo más interesante que hay en la isla, les diré que tampoco hay tal. Cuando le he dicho que no servimos para nada, se lo he dicho sin hacer exclusiones (Moscoso Puello, 2000, p. 61).

Entre el determinismo biológico y climático, se juzgará la conformación individual del talante personal. Este carácter colectivo del alma dominicana marcará la constitución del carácter de la persona, ante todo el de aquella persona que es un producto del mestizaje de las razas.

b. La identidad individual o personal: la agonía del mulato

Hay unas consecuencias lógicas derivadas por Moscoso Puello en su reflexión sobre el mestizaje. Para él si el producto de este cruzamiento de razas, el mestizaje, es de condición inferior, está claro que allí donde prevalece este segmento poblacional se retarda la civilización y se retardará aún más si se le añaden las inclemencias fatalistas de las fuerzas de la naturaleza, en su caso, el clima tropical. Puede formularse su razonamiento de este modo: el carácter proveniente de una raza deficitaria tendrá una constitución deficitaria que se agravará con las condiciones del medio en que se desarrolla. En este sentido es que el mulato tropical, para Moscoso Puello, sería un ser agónico, escindido por la relación esclavista-colonial de su pasado:

Porque la psicología del mulato dominicano es especial. Ya le he hablado, señora, de ella en otro sitio. Puedo agregar aquí, que tiene muy triste concepto de sí mismo. Parece que todavía no se ha podido desprender de las taras que en su espíritu ha dejado la esclavitud y el coloniaje (Moscoso Puello, 2000, p. 79).

Y escindido también, según su planteamiento, por la mezcla sanguínea en sus venas a la que se le añade la temperatura del clima tropical, contrastado con los países fríos en donde el pensamiento es factible y la civilización ha dado sus frutos. Aquí es donde la colectividad determina la individualidad. La raza –el factor biológico– y el trópico –el factor climático, que ha generado el carácter nacional del pueblo– constituyen también el núcleo permanente y determinante de la identidad individual:

En mi país ha prevalecido el hombre intermediario que en ningún momento es igual a sus semejantes: el mulato. Este término se emplea para designar el producto, media sangre del cruzamiento de las razas blanca y negra. Yo lo empleo en el sentido de definir a todos los productos que del cruzamiento de esas razas resultan, así como el cruzamiento de todas sus variedades entre sí. Como se podrá comprender bajo esta designación quedan comprendidos una cantidad extraordinaria y diversa de hombres desde un punto de vista biológico. Porque es así como hay que considerar la constitución del pueblo dominicano. Concebido así, la comunidad dominicana no es una raza. Carece de homogeneidad que caracteriza a los hombres de una raza. Es un conglomerado física y espiritualmente (Moscoso Puello, 1936, párr. 15).

El determinismo biologicista expresado aquí no es contradictorio con la evolución hacia la civilización espiritual y moral, que siempre es un producto blanco. A pesar de las “fuerzas” contrarias, el poder de la raza blanca en el sujeto individual puede romper con las “taras” heredadas biológicamente, a condición de que prevalezca sobre el componente negro. Por esto es por lo que el propio Moscoso Puello, mulato dominicano, se categorizó a sí mismo como un 80 % de sangre blanca (herencia de su padre español) y un 20 % negro (herencia de madre negra). La imagen que hace de sí mismo es la de un “mestizo de tres cuartos de sangre, más blanco que negro” (Moscoso Puello, 2000, p. 72).

Esta superioridad espiritual y moral del autor sobre el mulato dominicano se evidencia en la acomodación personal a los productos y conductas características de la civilización blanca con la cual se identifica. Por esto es que, en la carta número 12 a Evelina, recuerda el encuentro racista con el profesor francés en el que hace mención especial a su distinción respecto al mulato tropical del pueblo llano, no obstante tener piel oscura. Cuestión esta que, en Navarijo, será el rasgo distintivo familiar que lo identifica y atormenta existencialmente ya que tuvo su origen tanto en la tía Mariquita, cuando lo vio nacer lo distinguió por su color de piel más oscura que la de sus hermanos (Moscoso Puello, 2015, p. 152), como en su madre quien en su niñez se acostumbró a presentarlo como la “borra de café” de la familia. Ambas mujeres son el referente de ternura del autor que poseen voz en el texto; sus hermanas, también referente de ternura, apenas balbucean unos versos durante el relato. Al respecto nos dice que:

Sin embargo, yo estoy convencido de que no he cambiado mucho. De todos mis hermanos he sido el más feo y el más prieto. La raza africana de mis ascendientes me tocó a mí en mayor cantidad que a los otros [...]. Cuando ya muy crecidito, mi madre me presentaba a sus amistades, a menudo hacía alusión a mi color: ––Este es el prietico de aquí –decía–. Las borras de café. Y cuantas veces oía decir esto a mi madre me figuraba que esto sería un privilegio para mí y que yo sería en lo adelante el orgullo de la familia. No podía sospechar a los cuatro años que esto sería, con el tiempo, mi mayor preocupación (Moscoso Puello, 2015, p. 192).

Entre el juicio estético y el criterio racial para la diferenciación y la identificación de sí se desvela la herida racial cuyo origen estuvo en la niñez y atravesó su vida adulta. La escisión racial del mulato tropical conlleva una agonía personal que se transfiere y confunde con la de la colectividad. La preocupación individual por la representación de sí es también la razón para la búsqueda y la construcción de un aparato conceptual que permita entender la colectividad en términos de color de la piel y de pureza de sangre.

Este recurso de referenciar a la persona por el color de piel es un indicador, para Moscoso Puello, de la identidad individual y de la agonía que atraviesa esa identidad. Es el carácter perenne de la raza. Por esto es por lo que suele usarlo en Cañas y bueyes (2004), para identificar a los individuos de color: “Esos títulos eran de José del Carmen, un negro más pobre que un ratón de iglesia [...]” (p. 26); “Y un negro con pañuelo rojo en el cuello [...]” (p. 29); “yace en el piso un moreno con un pantalón azul” (p. 91). En el caso de las mujeres señala como “[...] una negrita que no cesó de bailar” (p. 29).

Igual sucede con el extranjero blanco, las referencia al color se hacen patentes en Cañas y bueyes (2004): “A menudo recordaba don Marcial las palabras de Uribe: “¡Estos blancos saben muchos(sic)!”” (p. 71); “Nano no conocía a los blancos del batey” (p. 171, cursiva del texto original).

Este sujeto escindido por la agonía de la mezcla racial es el que se enfrenta con mayor o menor éxito al clima tropical. Según lo que refiere en Cartas a Evelina y Navarijo, su éxito dependerá del grado de sangre blanca en sus venas; pero según “De la odisea de La Hispaniola”, esto resulta problemático para la colectividad:

En Santo Domingo no hay intereses comunes. Nadie se cree ni quiere ser más prieto que los otros. Y todos se consideran blancos. Este estado de espíritu pesa más que ninguna otra causa, es la fuente de las desgracias de este país. Le ha hecho desgraciado su falta de unidad etnológica. Y puesto que las razas puras no existen me refiero al mayor grado de uniformidad física y espiritual que como razas consideramos y definimos (Moscoso Puello, 1936, párr. 18).

La agonía del mulato está en esta escisión racial que le imposibilita crear unidad, uniformidad para los proyectos comunes en la construcción definitiva de una nación que se enfrenta a los avatares del trópico, pero que también tiene la exuberancia y la gracia de una tierra fértil. Este hecho no quita el reconocimiento de cualidades no reconocidas de los “negros” que pueden verse en los mulatos y en el propio autor:

Pero lo que usted no sabe es que yo no siento desprecio por la raza negra, y que me siento orgulloso de la parte que tengo de esta sangre. El negro tiene excelentes cualidades, que el blanco se empeña en negar obstinadamente. El negro no está en el mundo solo para afrentar la humanidad. Mis mejores cualidades se las debo a esa raza vigorosa, o por lo menos, me han venido por esa vía. El filón negro que yo poseo lo he recibido por mi madre (Moscoso Puello, 2000, p. 72).

La agonía del mulato consiste en esta consciencia escindida por la cuestión racial. Es estar entre las dos antípodas de la civilización y la barbarie. No obstante se reconozcan cualidades en la raza negra que coinciden con los atributos que más le resaltan como individuo. De ahí el esfuerzo de colocar en la madre negra el origen de los atributos propios que son reconocidos, a su juicio, por la colectividad.

c. Los extranjeros: los otros del nosotros

En Moscoso Puello se dividen los extranjeros no solo por nacionalidades, sino también por raza: el extranjero blanco y el extranjero negro. Ambos tipos raciales desencadenaran relaciones diferentes en el alma dominicana, fruto de su historia colectiva y fruto de sus deficiencias cognitivas individuales.

El adjetivo “blancos” referido al color de la piel se menciona unas 17 veces en Cartas a Evelina y solo en dos ocasiones son atributos de objetos, en las demás menciones, se refiere al color de piel al igual que de las nueve veces que se utiliza solo “blanco”, únicamente en dos ocasiones no describe el color de piel. En este sentido, el extranjero blanco es el propietario de los cañaverales del Este en Cañas y bueyes, el “míster”, y es también el comerciante propietario del capital que existía en el momento y del cual dependían las actividades comerciales como señala en Cartas a Evelina y en Navarijo. Blanco es también el criollo de origen español que permaneció en la isla y que encarnó el proceso independentista.

Según la cuestión racial, el blanco será puro en aquellos en que no hubo pérdida del apellido ni mezcla racial de ningún tipo (Moscoso Puello, 2000, p. 74). El político blanco que ha subido al poder es quien ha colocado mayor sufrimiento en los mulatos, a su juicio, pero a estos es a quien le debe la construcción del estado nacional y la civilización. Reiteradamente repite el autor el vocablo blanco como sinónimo de civilización (2000, p. 92).

En ningún momento, el vocablo “extranjeros” y sus variantes de número y género aparece para referirse al negro. En el caso del migrante haitiano se le nombra como “haitiano” y al de nacionalidades de las Antillas menores como Cocolos. Con ello se indica una diferenciación racial de reconocimiento civilizatorio de la migración blanca y de utilidad de la migración negra.

En “De la odisea de La Hispaniola” se recurre a esta diferenciación para hablar del censo de 1920 en estos términos:

Aproximadamente 500,000 mulatos. 250,000 negros y una cantidad igual de blancos, comprendiendo en esta cifra a blancos puros, extranjeros, chinos y muchos nativos en cuya sangre las trazas de negro se habían borrado. Podría decirse que en su mayoría eran blancos convencionales (1936, párr. 12).

En Navarijo se muestra cómo hay distancia entre la concepción de los haitianos del padre de Moscoso Puello y el propio autor adulto. El odio de su padre al hablar de los haitianos (Moscoso Puello, 2015, p. 43) se diferencia de la admiración de Moscoso por los líderes haitianos y por los personajes populares que nombra, quienes prácticamente podrían considerarse como dominico-haitianos. En todos ellos destaca su color de piel, son negros. La referencialidad distintiva es su condición racial.

2.2.2 La explicación de las pautas o patrones encontrados. Contexto intelectual

¿Por qué escribe Moscoso Puello sobre el carácter del alma dominicana? La razón existencial parece ser la respuesta válida; esta búsqueda de sí va dirigida tanto hacia la colectividad como a la individualidad. La doble dirección de la pregunta, en ningún modo antagónicas, será el motivo para despertar en él lo que llamó “su vocación de escritor” (Moscoso Puello, 2000, p. 107). Vocación para la que descubrió muy pronto no tener talentos, sin embargo, produjo una novela, un ensayo epistolar, un relato de memorias y artículos de opinión. Además de los manuscritos perdidos o destrozados y de sus Apuntes de la historia de la medicina en Santo Domingo, obra que le tomó 20 años en escribir. Esta “vocación de escritor” de obras literarias surgió de la necesidad de comprensión de sí mismo, en tanto que partícipe de una colectividad y en tanto que ser agónico o mulato.

Le angustió la sensación de escaso reconocimiento en su labor intelectual, a pesar de ser bastante reconocido como médico cirujano. La preocupación mayor, el color de la piel, no cesó de inquietarle y buscar en ella las causas de la falta de unidad y progreso en el pueblo dominicano hasta ese momento. A pesar de la conciencia del escaso reconocimiento social, se sabía una persona dotada intelectual y moralmente. En este sentido, tendría que indagar cómo responder a esta herida racial y a lo que pensó como una falta de civilización del alma dominicana.

La historiografía muestra las vicisitudes y tragedias de la experiencia de construcción de la República. La lucha de los sectores del poder –la élite blanca– y de los militares –que en su mayoría estaban conformados por jefes mulatos y soldados negros– creó una inestabilidad política que dio como resultado la primera ocupación norteamericana de 1916 hasta 1924.

Para la época, la constitución de los pueblos se explicaba recurriendo a las verdades biologicistas sobre la jerarquía de las razas. La uniformidad y la mezcla de razas eran el factor determinante para explicar científicamente la composición social y cultural de los pueblos. Añádase a este motivo, la incidencia del factor clima en la evolución de los pueblos y en su lucha por la sobrevivencia.

Los patrones encontrados en las obras literarias de Moscoso Puello obedecen a esta búsqueda del espíritu colectivo, los caracteres permanentes del alma dominicana, para explicar razonablemente al individuo en sus notas imperecederas del color y de la raza. En este sentido, hay un racismo cultural, bajo la clasificación de J. M. Jones (citado por Silié, 2002, p. 332). Es un racismo cultural explícito bajo las dos acepciones de Taguieff:

[...] el racismo en primer lugar como la biologización de lo diferente o de las diferencias con el fin de naturalizar una inferioridad atribuida o de permitirse establecer una clasificación jerarquizante de grupos humanos y, en segundo lugar, se define el racismo como el conjunto de actitudes y de conductas que expresan un "horror de las diferencias", un irresistible y fundamental "rechazo del otro", una postura o una disposición heterofóbica (1998, p. 4).

En el caso de Moscoso Puello, el racismo está en la biologización de la raza y el rechazo a la “mestización” de las razas, en sus palabras, el “entrecruzamiento” que no permite una definición sanguínea pura. Para el autor, solo las razas puras han construido proyectos e ideales comunes; la falta de un dominio sobre el otro y las fuerzas equilibradas del mestizaje no llevan a grandes productos colectivos. Así que el problema del alma dominicana lo constituye la gran gama de colores de la población, su indefinición, y tiene como paradigma al mulato. En consecuencia, la postura adoptada es la del pesimismo cultural frente a la dominicanidad, la colectividad y el engrandecimiento de su persona, la individualidad, en la medida en que se aproxima, a pesar del color de piel, a los elementos civilizatorios del blanco.

Cartas a Evelina posee un destinatario marcado, como lo exige el género literario adoptado; pero este destinatario no posee una identidad precisa a no ser el género y sus cualidades individuales ya que es extranjera. Puede simbolizar la nación dominicana vista por los extranjeros; o posteriormente la misma nación ocupada por los norteamericanos. En los demás textos, sus diálogos reflejan la intelectualidad de la época dado el grado de analfabetismo y la escasa educación formal de la población en general a principios del siglo XX.

Su obra más popular, Cañas y bueyes, muestra las condiciones de la “desdominicanización” de San Pedro de Macorís a causa del capital extranjero. Incluso las diatribas en Cartas a Evelina son en contra del intelectual extranjero que se ha formado una pésima idea del país. Sin embargo, Navarijo es la búsqueda de sí en la memoria del pasado con la voluntad de ilustrar la situación presente tanto para la colectividad política como en lo personal. La honestidad intelectual y moral de Moscoso Puello no le permite esconder las debilidades y frustraciones del pueblo dominicano ni las propias. Tras ellas, en búsqueda de una explicación científica del carácter colectivo y personal, es que se adhiere al racismo biologicista y al determinismo geográfico en boga en el momento por herencia del positivismo.

2.2.3 La relación entre la interpretación generada y la interpretación de otros lectores o dialéctica comunal

La intelectualidad dominicana de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX estuvo dominada por las ideas conservadoras y el liberalismo positivista, en términos políticos, y por el evolucionismo biologicista de Herbert Spencer, en términos sociales, que a menudo se teñía de teoría psicosocial del carácter nacional por influencias de autores franceses.

Las ideas positivistas y liberales provinieron del intenso apostolado de Eugenio María de Hostos a finales del siglo XIX, quien a su vez se inspiró en el racionalismo spenceriano europeo para su visión de lo social como un organismo viviente regulado por leyes (Mateo, 1993, p. 56). No es de negar, de ningún modo, las líneas pragmáticas del conservadurismo de aquellos criollos españoles que veían con recelos estas ideas liberales y que mantuvieron la hegemonía del poder.

En términos de comprensión del carácter nacional, las ideas reguladoras provenían del evolucionismo darwinista de corte biologicista ya que la biología se había convertido en el recurso “científico” para explicar las diferenciaciones de los pueblos y la jerarquización de las razas (Lipko y di Pasquo, 2008, p. 225). En este sentido, las razas puras occidentales –la blanca– se constituirán en el baremo civilizatorio; la idea de progreso formará el ideal alcanzable que motorizará la historia de los pueblos que coincidían con la comprensión de civilización blanca; las mezclas constituirán, por defecto, en subespecies no solo inferiores sino destinadas a la desaparición, parafraseando a Arthur M. Gobineau (González Alcantud, 2014, p. 330). Moscoso Puello repite sin más estos términos racistas monoculturales, en donde la blanquitud encarna el ideal supremo de civilización (Mella, 2015, p. 364).

Como sostiene Ferrán, “la ideología del pesimismo dominicano es errónea y mal intencionada. Errónea, pues reduce las actividades propias a la reproducción de toda una población” (2019, p. 143). El pesimismo en el que se inscribe Moscoso Puello, a juicio de Ferrán, montó su reflexión crítica sobre el campesinado criollo y resaltó los aspectos negativos ligados a las actividades lúdicas. Para este autor, el tema haitiano será la contrapartida temática al pesimismo dominicano; en el caso de las obras literarias de Moscoso Puello, esto es patente. Pero hay que añadir la nota racial hacia adentro, hacia el mulato, como una razón explicativa de la falta de unidad y, por tanto, de progreso como lo indica en su artículo de opinión de 1936.

El racismo biológico es claro y no deja lugar a dudas al señalar que, si bien hay un carácter evolutivo en el progreso de las razas humanas, ya que este constituye un rasgo de la naturaleza, también hay una diferenciación entre las razas por el hecho de la “pauta diferencial por las distintas variedades humanas” (Arteaga Sánchez, 2007a, p. 109). Por ello es por lo que el mestizaje es un producto problemático y deficitario para Moscoso Puello.

En las obras literarias de Moscoso Puello analizadas en este trabajo sucede una acomodación del autor a los planteamientos de la intelligentsia decimonónica dominicana que se adhirió al poder del momento como un mecanismo de sobrevivencia (Mateo, 1993, p. 51). Esta élite letrada asumió la esencia humana ajustada a los parámetros de la burguesía blanca europea (Arteaga Sánchez, 2007b, p. 112) y planteó como mecanismo de diferenciación y superioridad frente al otro distinto, el negro, las bases “científicas” de su inferioridad a través de las explicaciones biologicistas.

En el caso del determinismo geográfico, funciona como un paradigma interpretativo del atraso del alma dominicana. Por lo que se conjuga con el racismo biologicista en su esfuerzo de encontrar una causalidad lineal de todas las desgracias y que sea racionalmente posible. El trópico es la metonimia empleada por Moscoso Puello para designarlo. Ambos son herencia del positivismo del siglo XIX:

[...] la filosofía positivista dominó la segunda mitad del siglo XIX con su visión determinista geográfica y racial, ésta de ser una doctrina filosófica pasó a ser una cosmovisión imperante en toda una época, lo que hizo que el determinismo geográfico y posteriormente el determinismo racial pasaran a ser parte del dominio público, siendo aceptados éstos como verdades en el común de los lectores más o menos cultos de esa época (Tinoco Guerra, 2017, p. 43).

Como señala Antonio Tinoco Guerra, durante el siglo XIX el determinismo geográfico cedió frente al determinismo racial. En Moscoso Puello es evidente la primacía de la cuestión racial sobre los condicionamientos geográficos y su incidencia en el carácter nacional. En las obras literarias del autor se percibe que el mito racial es más radical, en cuanto a fuerza determinante del carácter colectivo e individual, que el mito geográfico del trópico.

La diferenciación entre los negros haitianos y el “negro” dominicano es un rasgo particular del racismo criollo que muestra la complejidad de la cuestión racial en República Dominicana por su relación conflictiva con Haití. En el negro haitiano hay una identidad étnica que no se da en el negro o el mulato dominicano, por eso importa tanto el color de la piel como mecanismo de diferenciación y se hace especial énfasis en las categorizaciones raciales y la variedad de tonalidades de la piel. En el caso del negro extranjero no haitiano suele darse la denominación de Cocolos o migrantes afrobritánicos. Aquí el autor reproduce lo que realiza la población en general en cuanto que el negro y el mulato dominicano no es “negro” como el haitiano o el cocolo (Silié, 2002, p. 331).

2.3 Tercera etapa: la generación de teorías

La identidad narrativa es un concepto acuñado por el pensador francés Paul Ricoeur (1913-2005). La primera mención del término es en el tercer volumen de su trilogía Tiempo y Narración (1985) en la que muestra la identidad narrativa como una aporía de la temporalidad en el sentido de que el tiempo narrado es un puente entre dos abismos: el del tiempo fenomenológico (el tiempo experienciado) y el tiempo cosmológico (el tiempo objetivo). Esta construcción de un “tercer tiempo” (el tiempo narrado) se ancla sobre la actividad mimética de la narración; esto es, a medida que se narra una serie de acontecimientos y acciones concatenadas se da cuenta tanto del tiempo experienciado como del tiempo cosmológico. En esta historia narrada se dice el “quién” de la acción, se da la identidad de un personaje que se desglosa en la medida en que el relato avanza; en este sentido es que el filósofo francés dice que “la propia identidad del quién no es más que una identidad narrativa” (Ricoeur, 1996b, p. 997, cursiva del texto original).

El punto neurálgico de esta reflexión sobre la identidad narrativa estriba en que, a juicio de Ricoeur,

Sin la ayuda de la narración, el problema de la identidad personal está condenado a una antinomia sin solución: o se presenta un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados, o se sostiene [...] que este sujeto idéntico no es más que una ilusión sustancialista (1996b, pp. 997-998).

Más tarde, el autor retoma esta discusión en un ensayo denominado precisamente “La identidad narrativa” (1986). En este texto, el concepto “conexión de una vida” le permite precisar aún más la noción de identidad y su relación con lo distinto, con el otro o alteridad. En la siguiente obra Sí mismo como otro (1990), la identidad se aborda ahora a partir de la noción “sí mismo” y en su doble sentido de Ídem e Ipse(Ricoeur, 1999, p. 215). Bajo estas categorías, idéntico quiere decir lo inmutable e igualmente lo extraño, lo diferente. Aquí es cuando entra en juego la noción de carácter como sinónimo de lo permanente y, también, se expresa la aporía que trae la reflexión sobre la identidad; a saber: “la noción de “identidad” que mezcla los dos sentidos del término: la identidad del sí mismo y la identidad de lo semejante” (1999, p. 217).

Este carácter dicotómico entre lo permanente y lo diferente (lo otro, pero semejante a mí) será llevado a un nivel dialéctico, complejizando de esta forma la distinción entre una identidad-ídem y una identidad-ipse. Esta dialéctica entre Ídem e Ipse permitirá incluir, en la cohesión de una vida, el cambio y la permanencia y quedará explícita en la noción de identidad narrativa(Ricoeur, 1996a, p. 138).

¿Pero, en qué consiste la identidad narrativa? ¿Cómo se logra? Lo primero que hay que destacar, siguiendo el pensamiento del autor francés, es que el acceso a la conciencia no se realiza de forma inmediata; sino mediada por los signos de la cultura. La reflexión sobre el “yo”, o el acceso al “ego” en vista de que el “yo” es una ilusión, se realiza por mediación del lenguaje y en la medida que se puede configurar narrativamente la historia de una vida y, en consecuencia, poder dar cuenta de los cambios y de la permanencia en el tiempo. El factor tiempo será la clave para despejar lo mismo, lo inmutable y lo que está sujeto al cambio, aún este sea imperceptible.

El carácter es la permanencia en el tiempo y se le entiende como el “conjunto de signos distintivos que permiten identificar de nuevo a un individuo humano como siendo el mismo” (Ricoeur, 1996a, p. 113). El carácter designa la mismidad de la persona y está constituido por las disposiciones adquiridas y que son duraderas consignando el qué del quién. En este sentido, buscar el alma dominicana en una serie de cualidades o disposiciones adquiridas permanentes constituye el decurso de la identidad-ídem, la mismidad; pero no da cuenta de los cambios, de las transformaciones que ocurren dentro de la persona o de la colectividad.

Esto es lo que ocurre de modo sistemático en las obras literarias de Moscoso Puello, la búsqueda de la “figura de sí” de la dominicanidad se ciñe a la búsqueda del rasgo permanente en la constitución del carácter, de ahí su vuelta al biologicismo racial del siglo XIX, para la cual no vislumbra una sociedad en constantes cambios; sino una “raza” heredera de ciertas taras de sus progenitores.

De igual forma, la identidad personal o colectiva se establece en relación con el otro, la alteridad. Esta identificación consigo mismo solo es posible por mediación de lo extraño. Hay una “afectación” de lo otro en la reflexión del sí (Ricoeur, 1996a, p. 366); esto es, en la medida en que se reflexiona sobre la identidad (el sí mismo) hay que reconocer la presencia de lo distinto (la alteridad) en sí mismo. El reconocimiento de esa presencia de lo diferente debe empujar, por decirlo de algún modo, a una mayor “estima de sí” mediada por el compromiso ético. Esto es lo que se echa de menos en la reflexión de Moscoso Puello, incluso, en su obra más reflexiva sobre sí mismo que es Navarijo. El sujeto ético que fue se relaciona de modo ambiguo con la negritud colectiva, si bien valora el componente materno en la herencia familiar. Esta ambigüedad en la relación es fruto de su conciencia escindida en torno a la cuestión racial.

A medida que se reflexiona sobre la identidad, se incorpora en sí mismo lo distinto, de forma que la relación inicial de asimetría se convierta en una relación justa, ya que también se es para un otro alguien distinto de sí mismo. El otro no es objeto del pensamiento, sino un sujeto capaz de pensar en otro sujeto como un otro distinto.

En conjunto, si la identidad narrativa es la dialéctica entre la mismidad y la ipseidad de un quien, que se desglosa narrativamente en la construcción del relato de su vida, del cual es su autor y narrador a la vez, la alteridad constituye el baremo de la identificación y la distinción (Ricoeur, 2006). Identificarse como un “sí mismo”, como un sujeto con determinadas disposiciones y capacidades, solo es posible de cara a lo extraño, al otro distinto. Esta disposición de encontrarse a sí mismo por mediación de lo extraño recurre al pasado, a la memoria, o se proyecta hacia el futuro. Recurrir al pasado es priorizar la memoria histórica sobre la capacidad de imaginar mundos posibles o nuevas formas de ser respecto a la relación con lo extraño, con el otro. La priorización del pasado en la mirada reflexiva de Moscoso Puello anula el reconocimiento mutuo entre la “figura de sí” construida, tanto de la colectividad como de la persona, y las relaciones empíricas dadas en la relación con lo diferente. Por esto su mirada pesimista, al centrarse solo en el carácter heredado y no en la capacidad de los pueblos de imaginar colectivamente mundos posibles.

Este sí reflexivo que busca reconocerse de cara a la alteridad puede también provocar un encuentro conflictivo. De este modo, la alteridad se constituye en una alteridad-conflicto imposibilitando el reconocimiento mutuo que es lo que ha sucedido con el antihaitianismo en República Dominicana, en el caso de la dimensión exógena de la cuestión racial.

Si esa alteridad-conflicto se visualiza a lo interno, en su dimensión endógena de la cuestión racial o hacia la mirada reflexiva sobre sí mismo, entonces se habla de una herida existencial, de una angustia interna en la reflexividad que merma la estima de sí de la persona o la colectividad, ya que, como señala Ricoeur en Los Caminos del Reconocimiento, “la reflexividad no puede hacer sombra a la alteridad” (2006, p. 315). Esto es, los caminos del reconocimiento de sí, de la atestación de sí como un ser reflexivo y éticamente responsable, no debe fundamentarse en la alteridad-conflicto, sino en el reconocimiento mutuo. Lamentablemente, este tipo de alteridad-conflicto es la que prima en el pensamiento de Moscoso Puello, a pesar de que este autor no se inscribe dentro de la política antihaitiana emanada de los centros de poder. Si bien se aleja del discurso de la élite política de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, en su conciencia escindida por la cuestión racial se deja traslucir la angustia de ser mulato en un país que invisibilizó el aporte de la comunidad negra y mulata a la cultura nacional.

3. Conclusión

La estima de sí, tanto personal como colectiva, planteada en Moscoso Puello está atravesada por la herida racial. Su condición de mulato puede que no le haya favorecido en el reconocimiento social al que aspiró por sus dotes profesionales e intelectuales. Esta herida racial viene como producto, en sus patrones de análisis, de la propia condición indefinida del mulato. El mulato es el resultado histórico y demográfico del cruce del blanco español y conquistador y la negra esclavizada durante la colonia. A medida que fue creciendo el “mestizaje”, la mezcla de razas, las fuerzas fueron equilibrándose, no permitiendo que ningún grupo homogéneo racialmente dominara sobre los demás; lo que representa para este autor una insuficiencia de unidad, para la comunidad política, y una angustia existencial para la persona.

Bajo su modelo determinista y biologicista esta indefinición racial no permite la unidad ni el sentimiento común de nación, construyendo un carácter del alma dominicana deprimente y deficitario. El determinismo racial de corte biologicista es agudizado por el determinismo geográfico que está señalado en el mito sobre “el trópico”. La vida en estas tierras es ambivalente y para llevarla a cabo se necesitaría de un hombre con carácter fuerte, lo que es imposibilitado al mulato en su propia constitución, que muchas veces es pretendidamente blanca pero no constitutivamente.

La identidad nacional, colectiva o cultural en Moscoso Puello se juega en esta mirada sustancialista sobre el pueblo y la historia dominicana. Es una vuelta a la historia que trae a la memoria el qué del quién colectivo enfocado en sus aspectos negativos y llevados al rango de carácter nacional. Con ello se confunden los rasgos particulares con los colectivos y se lleva lo sanguíneo o racial a la misma dimensión que lo cultural. Esta confusión entre biología y cultura se mantiene en toda su obra literaria lo que obliga a que la identidad colectiva que propugna posea una alteridad diferenciada: el extranjero para el otro-blanco y el haitiano o el cocolo para el otro-negro. Una vez más, la diferenciación entre civilización y barbarie funciona como núcleo interpretativo de la figura de sí nacional y como criterio de jerarquía entre blancos y negros.

En su aspecto individual, la identidad narrativa que construye Moscoso Puello sobre sí está lesionada por su condición de mulato. La estima de sí es agónica y contradictoria ya que, aunque acepte la diferencia en términos raciales, sufre en sí mismo lo que colectivamente ve en el mulato. El viejo ideal de la pureza de sangre se renueva bajo las ideas del racismo biologicista y del determinismo geográfico; mostrando con esto un pensamiento no solo pesimista sobre el ser cultural de la dominicanidad; sino también un pensamiento conservador adherido a lo que se llamará la blanquitud de la civilización occidental.

Los patrones observados en las obras literarias de Moscoso Puello obedecen a una concepción de la identidad anclada sobre la polaridad de la mismidad del carácter y que esquiva el otro polo de los cambios. A pesar de que a nivel personal el autor es consciente de los cambios ocurridos en su persona, no es capaz de apostar a una transformación de la colectividad. En Moscoso Puello no hay una mirada al futuro de la nación, sino un amparo en la memoria histórica para mostrar el fracaso de la nación dominicana en sus esfuerzos de constituirse como una nación civilizada o blanca. El pesimismo de Moscoso Puello es predominantemente racial más que geográfico y en él se proyecta la agonía existencial particular, su angustiada preocupación racial, sobre el alma colectiva de los dominicanos.

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